17/05/2019

Los cálices perdidos

Calesita de patrones. Nuestra historia, una piedra bañada en oro, nos encontramos en cada esquina de la escala, al principio el brillo de la nada, al final, la dureza de la nada.

Todos los estados del silencio se juntaron en mi puerto, me voy con los ojos vacíos y el estómago revuelto, mis manos también sostuvieron el metal de la furia. El grito más violento, desapareciendo en llanto.

Lo que deseamos se amontona en viejas costas, nuevos descubrimientos. Ego. Delirio. Hambre.

Sobre el cascarón descansa la vida. Si se raja, la observó, descarado encuentro el resurgimiento a través de esa grieta, yo también quiero chuparme el dedo en su seno, olvidar así las paredes que edifique, esperando el estruendo del despertar.

Arte simple, arte idiota, arte peligroso. El caos extendió sus alas, voló, aguijoneó la carne de la luz, quiso ser la oscuridad justa que necesitábamos, adiós amor. Todavía quedan muchas verdades, y demasiadas decisiones. Respuestas invisibles.

El final no es feliz, casi atroz, casi vómito carmesí, que se apiaden de mi los robustos robles, cuyas palabras son savia del saber, simulan la mirada de los cuerpos, el momento y su sombra, y la sombra del momento pintando las calles de otro color, vistiendo el vacío con el más bello disfraz, floreciendo a fines de otoño.